Millones de mujeres antes que nosotras lucharon para que hoy podamos, aunque solo sea, soñar con nuestras carreras. Honrar su lucha significa creer en nosotras mismas y utilizar nuestro éxito para apoyar a quienes aún no tienen voz. Para alguien como yo, que viene de lugares como Afganistán, incluso respirar es un acto de resistencia. Pero cada sociedad tiene algo que decir sobre las mujeres: la batalla que hay que ganar es la de la igualdad de género.
Marzieh Hamidi
Nacida en Irán en 2002, hija de padres afganos refugiados, Marzieh Hamidi crece entre los dos países. A los 14 años descubre el taekwondo y transforma el tatami en su primer espacio de libertad. Tras un periodo en Kabul, entra en la selección nacional afgana, se convierte en campeona en su categoría y representa al país en competiciones internacionales.
En 2021, con el regreso de los talibanes y la prohibición del deporte femenino, su carrera se interrumpe bruscamente: queda atrapada durante meses en Kabul, luego es evacuada primero a Qatar y finalmente a Francia. Llega a París, se une a un club local y comienza desde cero. Pero su talento emerge de inmediato, llama la atención y empieza a entrenar de manera habitual con la selección francesa. Recibe una beca del COI para atletas refugiados y compite en la categoría Featherweight (Pluma), entrando oficialmente en el grupo de atletas de élite del Equipo Olímpico de Refugiados. Debido a un percance, no fue convocada para París 2024, donde aspiraba a «ganar una medalla para todas las mujeres de Afganistán». Hoy, Marzieh continúa compitiendo a los más altos niveles en torneos internacionales, no obstante el exilio, las amenazas de muerte y una vida bajo protección policial. Deportista y activista, lleva al tatami no solo su excelencia atlética, sino también el grito de generaciones de mujeres que luchan por romper moldes y por reivindicar el derecho a existir y a autodeterminarse.


Marzieh Hamidi para Yalea Eyewear
Con esta campaña, Yalea apuesta por la afirmación de la feminidad en el ámbito profesional, una visión clara en la que forma y sustancia coexisten e inspiran nuevas visiones. Una colección que invita a romper barreras y mirar más allá.
La medalla es personal, la victoria es de todas: esa sensibilidad con la que te mueves en el mundo fue una de las cosas que nos llamó la atención de inmediato cuando te conocimos. Pero empecemos por el principio: el taekwondo fue primero amor, luego una puerta a la libertad y hoy es también una herramienta de resistencia. ¿Cuántos techos de cristal has roto hasta ahora?
«Empecemos por lo más obvio: soy una mujer, nacida en Irán, hija de refugiados afganos, que se ha abierto camino en un deporte típicamente masculino y a la que los talibanes le arrebataron su lugar en la selección nacional. Salvé mi vida, huí y volví a empezar desde cero, como refugiada otra vez. Gané una beca del COI para atletas refugiados y estuve a punto de ser convocada para los Juegos Olímpicos de París 2024. Vivo bajo protección policial y hasta ahora he sobrevivido.
Estos son los techos de cristal más evidentes que he superado, solo para poder desarrollar mi talento. Esta es la parte fácil de demostrar y de hacer entender. La que hace que mi historia sea diferente a la de la mayoría de las mujeres de otros países que no son Afganistán.
Luego están los prejuicios sutiles, las pequeñas exclusiones y el miedo a la inseguridad. La sensación constante de tener que demostrar que merezco estar donde estoy, las dudas, el cansancio, la soledad. Estar tan centrada en el resultado hasta olvidarte incluso de vivir realmente.
Al salir de Afganistán descubrí que estos sentimientos los comparten muchísimas mujeres en todos los países del mundo, incluso donde no hay un régimen opresivo. Los contextos cambian, pero no existen sociedades verdaderamente libres de prejuicios ni de esos mecanismos invisibles pero tenaces de culpabilización y control sobre el acceso a posiciones de relevancia.
Por este motivo, sí: cada medalla, cada competición ganada es personal, fruto de mi esfuerzo y de mi lucha en primera persona. Pero la victoria, llegar a la cima y ganar visibilidad: esto es para todas. Es lo que me motiva a seguir adelante. Tener acceso a los micrófonos, a los parlamentos y a las Naciones Unidas para seguir exigiendo que todas las hermanas que dejé en Afganistán no sean abandonadas y lograr una verdadera igualdad de género para todas las mujeres, en todas partes.
El taekwondo fue mi espacio de libertad cuando era niña y mi vía de escape frente a los talibanes y su apartheid de género. Así que sí, el taekwondo me dio la salvación y yo, a través de él, quiero devolver la voz, la dignidad y la esperanza a quienes aún no las tienen».
¿Dos impulsos para llegar a la cima? Pequeñas alegrías y el derecho a la fragilidad
Parece una paradoja, pero Marzieh nos hizo entender que, cuando rompes el molde, sentirte frágil es parte del camino para llegar a la cima: «Estaba tan concentrada en mis objetivos que me había olvidado de mí misma, de lo que me hace verdaderamente feliz. Solo estaba concentrada en soportar una presión altísima y en lograr resultados. Ni siquiera lloraba, luchaba conmigo misma para no hacerlo, para no mostrar signos de debilidad. Entonces me dí cuenta de que estaba equivocada: está bien sentirse débil a veces, porque si no experimentas esa sensación de desconcierto, nunca podrás verdaderamente reconstruirte más fuerte. Para remodelarte continuamente, para subir un escalón más. Cuando aprendes a gestionar esto, sabes cómo levantarte después de cada fracaso o crítica. Y las pequeñas alegrías nos sirven como bálsamo sobre las heridas; por eso nunca debemos perderlas de vista».
Equilibrio entre sacrificio, compromiso, satisfacciones, reconocimientos, gestión de las críticas y de los sabotajes: es decir, bienestar mental. Todas nos lo habéis indicado como uno de los factores fundamentales para avanzar hacia vuestros objetivos, pero, aún así, sigue siendo un tabú con demasiada frecuencia. Dinos qué opinas…
«Cuando te sientes bien aquí —nos dice señalándonos la cabeza—, puedes hacer cualquier cosa: el bienestar mental lo es todo». Durante años, pensé que el éxito consistía en ganar medallas, demostrar algo al mundo. Entonces me di cuenta de que puedes destacar mucho en tu sector, pero que, si no eres feliz por dentro, si no reconoces tu verdadera naturaleza, esto no sirve de nada. No existe el éxito si no te centras en quién eres y por lo que realmente luchas cada día. Hubo momentos en que me sentí completamente sola, asustada y cansada, y me preguntaba: «¿Por qué no puedo vivir una vida normal?». Ya sabes, dejar de luchar, alinearme. Momentos en los que, más que por mi vida, tuve miedo de perderme a mí misma, de perder mi claridad mental. Hasta que me di cuenta de que lo más importante para mí no era el resultado deportivo, sino poder influir en la historia, formar parte de un cambio que desmantelara sistemas injustos.
A partir de ahí, todo cobró perspectiva, incluso los ataques más feroces. Así que sí, a veces es terriblemente agotador mantener la concentración y el equilibrio, pero ahora sé exactamente por lo que lucho. Es una toma de conciencia que cada uno debe alcanzar por sí mismo; nadie puede calibrar la fórmula por ti, pero elegir con cuidado las voces y las personas a las que das importancia ayuda mucho a no malgastar energías. A lo largo de mi trayectoria he aprendido dos cosas que pueden parecer triviales, pero que me han dado una gran serenidad y pueden ser útiles para quien lea esto: la medida de nuestro valor en el mundo va más allá de los logros profesionales y, antes de crearte prejuicios o expectativas, recuerda que quienes se parecen a ti no siempre estarán de tu lado, y quienes son diferentes no siempre serán un obstáculo. No podemos controlar las inseguridades de los demás, pero sí podemos controlar nuestra fuerza mental».
¿Cuál sería el cambio más urgente que necesitaría tu sector? ¿Y qué consejo darías a las mujeres jóvenes de cualquier ámbito que están empezando su carrera o a las chicas que recién comienzan a soñar con ello?
«Sin duda, el cambio más urgente es fácil de ver, pero todavía muy difícil de lograr: la igualdad salarial. Porque la verdadera igualdad nunca existirá mientras haya un hombre que gane diez veces más que una mujer que ofrece el mismo trabajo, la misma salud, la misma vida, el mismo tiempo. No basta con decir “te dejamos competir”, ni con darnos visibilidad en los medios: también nosotras estamos trabajando, y tener seguridad económica nos permitiría dedicar más energía para lograr el resultado. En este tema, obviamente tengo una sensibilidad especial hacia las deportistas en el exilio, que no tienen oportunidades ni reconocimiento, que no tienen nada. Merecen apoyo, ser reconocidas y poder entrenar de verdad. Solo así podrán mostrarse al mundo por lo que ya son por dentro: campeonas.
A las mujeres jóvenes que comienzan en cualquier ámbito, les diría esto ante todo: nunca traicionen su identidad. El camino es casi siempre difícil, porque a las mujeres se nos impone una enorme carga de expectativas, juicios y prejuicios.
Y si no estás alineada con lo que el entorno quiere de ti, tendrás que ser aún más fuerte. Debemos prepararnos para ser mentalmente fuertes, mantener la concentración y no perder el rumbo. Y tenemos que aceptar que fallar en algún objetivo es normal. No es el final. A veces, lo mejor es hacer una pausa y cuidarnos, valorar las pequeñas alegrías y permitirnos ser débiles para volvernos más fuertes.
Y debemos recordar una cosa: millones de mujeres antes que nosotras lucharon a lo largo de los siglos para que hoy podamos, aunque solo sea, soñar con nuestras carreras. Honrar su lucha significa creer en nosotras mismas y utilizar nuestro éxito para apoyar a quienes aún no tienen voz. Si creemos en nosotras mismas, si nos mantenemos fieles a nuestra voz, podemos transformar nuestro esfuerzo en inspiración para otras mujeres. Y esto, a cualquier nivel, es siempre una victoria».












